sábado 21 de mayo de 2011

La noche del ángel

La ciudad estaba cubierta por un halo de energía, se podía respirar la densidad en el ambiente. Ella caminaba a lo largo de la avenida con pasos rápidos y largos. A su amiga la había dejado en la parada de la línea 15.

Un estado de confusión le abrió camino a través de su sistema nervioso, a la expresión máxima de paranoia que hubiese sentido jamás. No había nadie, esporádicamente pasaba algún auto y ella giraba la cabeza cada pocos segundos para cerciorarse de que nadie la seguía, pero se sentía observada. De pronto escuchó un golpe sordo contra el concreto de la baldosa. Su corazón saltó haciéndola estremecer y sintió una corriente de energía eléctrica que pasó desde su columna vertebral hasta la última falange de sus dedos. Frenó en seco. Se volvió atemorizada y vio a unos pocos metros un perro que había saltado sobre un contenedor de escombros y había dejado caer una tabla, el edificio en construcción que estaba al frente le hizo imaginarse rostros agonizantes de gente escondida en la oscuridad, ojos brillantes y maliciosos, y gritos agonizantes de desesperación. Su corazón se agitó aún más, retomó rápidamente su ruta. Estaba sudando frío, imágenes borrosas de sonrisas sin dueño y luces de colores aparecieron en sus adentros, y mientras el viento golpeaba con fuerza su rostro, se sintió nuevamente en medio de volutas de humo espeso y vasos de alcohol ya vacíos.

Llegó a su parada con la sensación de haber dado un paso en falso, pues estar con su amiga le daba confianza y al verse sola se sentía vulnerable. Seguía oscuro y todavía podían percibirse vestigios de la humedad y el calor de la noche anterior.

Después de unos minutos de mirar pasar los carteles luminosos de los colectivos y las luces de algunos autos se giró, sus ojos se encontraron con los de un hombre de mediana estatura que se ocultaba en medio de dos postes de luz en desuso, una farola lejana reflejaba malicia en sus ojos.

Ella intentó ignorar la sensación abrumadora de saberse sola con ese hombre, su presencia la perturbaba, escuchó el sonido oxidado de una puerta que se abría lentamente, un golpe de batería dio inicio a una sucesión de ritmos en un bajo sórdido y guitarras eléctricas que emitían notas agudas y sostenidas, acompañadas de voces lentas, el transfondo era un coro de una sola voz gutural que susurraba muerte. No le pareció un buen indicio, cambió la canción para tranquilizarse. Mientras tanto el hombre la observaba, ella guardó rápidamente su reproductor de música en un bolsillo con cremallera y se arrepintió de haberlo sacado, volvió la mirada nuevamente hacia el hombre, que se llevaba a la boca un cigarrillo, sostenido en medio de dos dedos torcidos con uñas largas y sucias. La mirada del hombre dejó de ser disimulada, observaba el bolsillo de su chaqueta. Ella sabía que la quería robar, pero tenía un mal presentimiento, pues cuando ese hombre la veía sus ojos parecían querer penetrar en el fondo de su alma, robarle la tranquilidad. Sospechaba que estaba en presencia de un demonio.

Se sentía intranquila e indignada pues ya llevaba un tiempo esperando. Pensó en tomar un taxi y caminó unos pasos adelante, sentía una mirada en su espalda, pero no era una mirada perturbadora, vio una sombra a sus pies y se giró con violencia. Ya no estaba sola, decidió quedarse.

El joven se presentó de improvisto, la mirada serena en sus ojos color ámbar, contrastaba con el castaño claro de su cabello, y ella, que venía haciendo sangrar su cabeza con alucinaciones y pensamientos perturbadores, se vio inundada por una sensación de paz profunda en medio del caos. Sentía que vibraban en diferentes frecuencias, le pareció ver un áurea clara alrededor del rostro cuando el le sonrió y sus latidos comenzaron a bajar de ritmo lentamente.

El demonio seguía observándola, la presencia del joven comenzó a serle insuficiente y su pensamiento se remitió de nuevo a los cambios bruscos de temperamento, de música, de papel de espectadora o centro de atención, de víctima a victimaria, entraba lentamente en estado de coma. Necesitaba de un médico.

Se giró con ojos suplicantes hacia el joven, sintió temor por él, pues el demonio también lo observaba. Ignoraba quién era y de dónde venía pero sentía ganas de mirarle para siempre, no tenía el mismo aspecto que cualquier otro mortal y le generaba confianza, el aire se alivianaba cuando se encontraba con su mirada.

La espera se hacía larga, inconscientemente su pierna derecha comenzó a moverse rápida y acompasadamente. Miró hacia atrás y sus ojos se encontraron con los del demonio, quien ya había terminado de fumarse el cigarrillo, esta vez ella lo observó con perspicacia, reparó en un odio que le daba a los ojos del demonio un matiz rojo, que antes no estaba en esa mirada, y que por alguna razón le hacía parecer impotente. Esta vez él no pudo sostenerle la mirada.

Se volvió con una sensación de valentía para buscar el rostro afectado en el vidrio del almacén que estaba junto a la parada, le envió al joven señales mudas de alerta.

La composición del cuadro en el reflejo era lineal, con ella a la cabeza seguida del joven y el demonio al final, este último parecía menos, encorvado, como si comenzara a fastidiarse de la presencia de los otros, el joven no se mostraba perturbado y tampoco incómodo cuando ella se giraba para vigilar.

A lo lejos apareció luminoso el número de su colectivo, sacó la mano para detenerlo y se giró. Miró a los ojos al joven, con gratitud, él también mantenía el brazo derecho estirado.

Subió y se fijó en un par de asientos vacíos junto a una ventana, tenía ganas de que él se sentara a su lado. Pero cuando estaba metiendo las monedas el colectivo se puso en marcha, nadie más había subido. Rápidamente se asomó por la ventana y vio que la vereda de la parada estaba desierta, al igual que las calles contiguas.

Minutos antes el reloj del horno microondas marcaba 02:08.

Entonces se sentó y mientras observaba por la ventana se dio cuenta de que la ciudad finalmente se había encontrado con ella, le había enviado un joven vestido de blanco.

El ángel que había despegado sus alas.

viernes 13 de mayo de 2011

Autobiografía

A riesgo de caer bajo la cortina de la subjetividad, y sin ninguna intensión de modestia, describiré a continuación la construcción de cosas que le han dado peso a mi nombre, o quizás identidad.

He vivido veintidós años, y he tenido seis madres. La vida me regaló manos de artista y corazón de poeta, pero me castigó con sentimientos esporádicos de vergüenza y anacronismo crónico.

A mi infancia la marcaron mis ilusiones de rescatista, doctora y psicóloga de animales en peligro, los paseos en bicicleta, las muñecas y los pajaritos.

Mi humor siempre fue variable, al igual que mis razones, nací indecisa, teñida de violeta, ese día lo que comenzó no fue una vida sino una historieta.

Caminante incansable de rutas inciertas, dejé que mi corazón se guiase siempre por las veletas, las brújulas no me gustaron, pues no me interesa el norte, sólo me lleno con frecuencia la cabeza de ensoñaciones.

A fuerza de circunstancias nació mi independencia, las ganas de volar impulsaron mi experiencia, viajé a algunos países, muy pocos viendo un mapa, pero otros los conozco por mis amigos y sus enseñanzas.

Amante de la música, viuda del teatro, esposa del cine, hermana de la ansiedad.

Camino sin cuidado pero me ato los cordones, es complicado hacer pie cuando se verticaliza el horizonte.

La tierra me regaló dones, también me acuñó torpeza, y aunque a veces fui tímida el respeto me lo gané con grandeza.

La historia es enrevesada, mi vida es una novela, no tiene antagonistas, tampoco tiene presupuesto, el dinero no lo administro pero de las compras siempre tengo un registro.

Una vida medio caprichosa pero alegre y un destino con suerte me hicieron amiga del misticismo.

Mis únicas enemigas fueron las aceitunas, en un par de años conoceré mi fortuna.

En medio de anuncios conocí la magia, me entrego a lo que hago aunque a veces no me haga gracia.

Abandoné muchos trabajos y tuve varias vocaciones, pero aprendí de casi todas mis equivocaciones.

Conocí caminantes de países lejanos, quienes se convirtieron en mis hermanos. Y si he pecado de egoísta o de intransigente, no es con intensión, eso lo sabe la gente.

En medio de cocineros, comerciantes, costureros, ebanistas, profesores, músicos, arquitectos, contratistas,

Artistas, escritores, publicistas, diseñadores, evoluciono absorbiendo de todos, menos de los sacerdotes.

Así termino mi historia, llena de diferentes matices, mis días los hacen los astros, los libros, la poesía,

el desequilibrio de mi balanza y a veces la cursilería.

No sé que sigue, pero sé lo que quiero. Espero ver en el mundo un cambio de pensamiento.

viernes 22 de abril de 2011

OTOÑO

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jueves 21 de abril de 2011

LA IRONIA DE OTOÑO (Cuento)

Cuando salió de la clínica, él se fijó enseguida en su cartera. Llevaba puesto un abrigo de apariencia pesada, de color marrón, y en la mano derecha un paraguas rojo de mango de madera. Se veía cansada.

Caminó tres cuadras hasta la parada de la línea 85, eran pasadas las 2 de la tarde, y si bien la mayoría de oficinistas ya regresaban de su hora de almuerzo, una cantidad considerable de gente seguía saliendo de las puertas de los edificios; cruzaban con pasos rápidos las calles, por lo general apurados, sumándose al caos ya ocasionado por el tráfico y los vendedores.

No había fila en la parada, se recostó levemente sobre el poste que contenía el cartel con el número de la línea, se llevó una mano al bolsillo del abrigo y sacó un paquete del cigarrillos. El pensó que era una mujer atractiva, observaba alternadamente la cartera y la calle, una vez miraba hacia los lados, nuevamente hacia la cartera, después hacia atrás, y de nuevo a la cartera. La cartera no tenía bolsillos afuera, era de cuero marrón liso y tenía un broche de bronce, de estilo anticuado, era evidente que ella no había sido su primera dueña.

La mujer se llevó un cigarrillo a la boca, él observaba cómo los labios pintados de rojo carmín apretaban levemente el filtro mientras ella hacía una barrera con la mano libre para que el viento no apagara el encendedor. Fumó y expulsó una bocanada larga de humo que el viento se llevó de prisa, se llevó nuevamente el cigarrillo a la boca, las manos eran delicadas, a él le hubiera gustado que ella las deslizara sobre su piel sólo por sentir su tacto, porque parecían manos inmaculadas, el pensó también, que quizás, esas manos también curaban.

Y se fijó nuevamente en la cartera. El tiempo pasaba y pasaba también el viento, despeinándole los rizos castaños a su paso. Apagó el cigarrillo y comenzó a tiritar. La mujer miraba el reloj con impaciencia. Poco más de quince minutos después, abrió la cartera; el hombre estiró la cabeza con la ilusión de ver el contenido del bolso. Era obvio que no iba alcanzar, tenía la intención de ver algún resquicio de su contenido pero estaba muy lejos para conseguirlo, quizás fue un movimiento mas bien automático, impulsado por el inconsciente. Ella cerró de golpe el bolso, giró el broche y comenzó a caminar, ahora a paso rápido. El se apresuró a seguirla.

Pronto se perdió nuevamente en medio de la gente, el cielo comenzó a oscurecerse cubriéndose por una nube espesa de gran tamaño que amenazaba tormenta. Ella bajó con elegancia las escaleras del subterráneo. Dejando una distancia prudencial, pero sin perderla de vista, el hombre entró también. Sintió el olor del perfume que ella había dejado cuando pasó; al fondo se escuchaba el eco del compás sordo que hacían los tacos altos cuando caminaba. Compró un boleto y se paró en el andén. El calor que allí hacía contrastaba fuertemente con el frío de arriba, al principio se sentía confortable, pero bajo el abrigo llevaba un sweater que comenzó a incomodarle, a causa del calor, que de a pocos, se volvía insoportable, sin embargo no se quitó el abrigo, pues se le haría incómodo el viaje. Él seguía mirando la cartera, ya no miraba hacia atrás, el tumulto de gente que iba aumentando en el andén le hacía sentir una falsa sensación de confianza, y no se sentía vulnerable, sin embargo de cuando en cuando echaba un vistazo hacia los lados.

Cuando el tren aminoró la marcha, luchó con la gente para colarse en el mismo vagón al que se subió la mujer, pues de hecho, lo que temía era perderla de vista en ese lugar. El tren comenzó a andar y el calor se disipó lentamente, sin embargo no le gustaba allí. Después de siete estaciones, la mujer salió y por primera vez, por mera coincidencia, sus ojos se cruzaron con los del hombre al salir, el sintió una mirada, pero en realidad ella nunca se fijó en el. La cartera seguía balanceándose de lado a lado mientras ella caminaba. Al salir, ella sintió el aire frío llenarle los pulmones y respiró mejor, caminó derecho por la calle contigua a la estación. El reconoció la calle y recordó que a unos pocos metros había un pasaje que desembocaba en una peatonal concurrida, el momento había llegado. No podía dudar, a pesar de su perfume, a pesar de su belleza. No, no después de haber llegado tan lejos.

Ella encendió otro cigarrillo con dificultad, en ese momento, sin quitar la vista de la cartera, él corrió lo más rápido que pudo, a los lados, los muros de las casas se hicieron ráfagas de colores sin forma y mientras tanto él sentía cómo su nariz y sus orejas se congelaban.

Tardó unos segundos en reaccionar, no gritó enseguida, presa del pánico y de la confusión, y cuando quiso perseguirlo, él hombre ya estaba llegando al final del pasaje adoquinado y a punto de girar hacia la peatonal, en caso de llegar allá no iba a alcanzarlo, era fácil escabullirse en medio de tanta gente y ella ni siquiera estaba segura de reconocerlo.

La chaqueta era negra, pensó. No, azul oscura, se contradijo. ¿Qué más da?. Caminó dos cuadras más y sacó las llaves de su casa del bolsillo del abrigo.

Ahora la cartera reposaba junto a algunas botellas y una cáscara de banana en un tacho de basura.

Abrió la puerta y se limpió los pies en el tapete de la entrada. Antes de cerrar se rió en voz alta. ¿Qué iba hacer ese hombre con una bolsa para colostomía.

jueves 7 de abril de 2011

Déjame dudar

Déjame dudar para imaginarme en un lugar sin asfalto,
para no recordar que mientras escribo estas letras a mis
hermanos los estan bombardeando.

Déjame imaginarme un cielo limpo, y abajo niños sonriendo
sobre tiovivos,
Déjame olvidarme de que hay humo en el aire que respiro.

Las calles se inundan de malos pensamientos,
flotan como nubes contagiando cabezas,
que ya no comparten, solo insultan, juzgan y condenan.

Qué triste que ahora parezca natural, que haya hombres
que tiren balas, lanzadas al azar.

Y en medio de bombas, minas y casas en ruinas
los corazones se nos van quedando sin vitaminas,
los ojos cegados por los complotados medios que no
muestran más que dinero y sexo.

Reemplazamos un abrazo por un guiño engañoso,
pues el mundo parece pequeño a nuestros ojos.

Plagados de inconciencia, enfermos de avaricia,
déjame imaginarme que es larga la lista,
de quienes vivimos llorando hacia adentro,
acompañando a nuestra tierra, en cada lamento.

Hay niños con hambre y americanos obesos,
hay ignorancia y pocos argumentos. Nos quieren
silenciar, y hacer lobotomías para que no pensemos
quieren controlar nuestras vidas.

La luz de mi alma está débil, en cualquier momento se
apaga, ya no se soporta tanta intolerancia.

En la calle los niños ya no juegan a las escondidas,
roban y se drogan, hay trueques de mercancías.

Ya no vendemos objetos, nos vendemos a nosotros mismos
entregando nuestros esfuerzos, esclavos del
capitalismo; la gente de arriba nos roba nuestros ideales,
nos dan mala fama, nos tratan como animales.

En medio de las alianzas, que la corrupción bendice
hay gente durmiendo en la calle, les robaron sus bienes
raíces; ya no se sabe si el ministerio, o la procuraduría,
el senado, la cámara, se tapan con la misma cobija.

Ya no hay quién controle ni a los mismos policías, abusan
de su poder, los hace creer grandes su autonomía,
se alían con bandidos, amigos de Don Pepito,
primo del alcalde, suegro del exconvicto,
que con polvito blanco y espejitos, los compró
de a uno pero toditos.

Tiene la colección: El abogado, el juez, el coronel,
el teniente, el cura, la puta y hasta la mujer del presidente.

Le lavamos las manos con nuestros impuestos, y mientras
tanto menos niños pueden ir al colegio.

La tierra nos castiga, nos grita EGOISTAS
pero el ego es un monstruo que va aplastando vidas,
a muchos de corbata los desposó narciso,
pero también los volvió miopes de los ojos y de los oidos.

Escuchan lo que quieren, son amigos por conveniencia,
se olvidaron del cariño, son personas huecas.

Trabajamos sin ganas, pero hacemos horas extras,
para ver si así llegamos a pagar las deudas,
les entregamos nuestro tiempo, los ricos se hacen mas ricos,
somos víctimas del sistema, maldito autoritarismo.

La igualdad se quedó en palabras,
siempre alguno es mejor que otro,
nos califican por nuestra pinta
¿Qué marca son tus zapatillas?

Saquémonos de la cabeza toda esa basura,
en este mundo la moral la imponen las dictaduras,

Creamos dos masacres, vamos por la tercera,
el universo nos advierte que vamos para la hoguera,
pero nadie hace caso, porque a todos les da lo mismo,
estamos dominados, parece el oscurantismo.

Déjame imaginarme que lo que veo es una maravilla,
que es otra, la realidad de nuestras vidas.

Déjame pensar que dentro de poco tiempo,
abriré los ojos y veré que era solo un sueño.

El sueño que siempre tuve, que se volvió pesadilla,
abramos nuestras cabezas, no vivamos más de mentiras.

domingo 3 de abril de 2011

Mi voluntad

Mi voluntad sucumbe

ante tumbas incendiarias.

Coarta mi libertad,

engrandecida pero enajenada.


Mi voluntad sospecha,

Por lo que yo cavilo,

Amo, odio,

Sufro y suspiro.


Y en medio de la noche,

Cuando la naturaleza canta

Mi voluntad, mi dueña,

Dedica melodías ciegas.


Y paga regalías

Al corazón inocuo,

Del que sin querer

Se han hecho presas mis ojos.


Mi voluntad irascible

Que con el viento llora,

Y lo único que se pregunta

Es cuándo llegará la hora,


Aquí ya no corre el tiempo

Pues lo que la domina,

Es esta espera,

Y una batalla perdida.


¡Que cristalizada está su mirada!

Tan ambigua e indecisa.


Mi voluntad ya no es mía,

se embarcó en tu navío,

En el muelle esperaré a que regrese

Abriéndo los brazos al vacío.


Deseando que en otra costa

no encalle,

Amor mío,

Tu navío.

viernes 24 de diciembre de 2010

Navidad

Las horas se desmoronan y con el caos crece la incertidumbre, y yo simplemente no me atrevo a realizar cuestionamientos. No puedo pedir nada pero tampoco puedo aceptar lo que percibo. La literalidad de los razonamientos de cierta forma me perturba... yo lo único que pido son respuestas, pero nadie quiere dármelas.