La ciudad estaba cubierta por un halo de energía, se podía respirar la densidad en el ambiente. Ella caminaba a lo largo de la avenida con pasos rápidos y largos. A su amiga la había dejado en la parada de la línea 15.
Un estado de confusión le abrió camino a través de su sistema nervioso, a la expresión máxima de paranoia que hubiese sentido jamás. No había nadie, esporádicamente pasaba algún auto y ella giraba la cabeza cada pocos segundos para cerciorarse de que nadie la seguía, pero se sentía observada. De pronto escuchó un golpe sordo contra el concreto de la baldosa. Su corazón saltó haciéndola estremecer y sintió una corriente de energía eléctrica que pasó desde su columna vertebral hasta la última falange de sus dedos. Frenó en seco. Se volvió atemorizada y vio a unos pocos metros un perro que había saltado sobre un contenedor de escombros y había dejado caer una tabla, el edificio en construcción que estaba al frente le hizo imaginarse rostros agonizantes de gente escondida en la oscuridad, ojos brillantes y maliciosos, y gritos agonizantes de desesperación. Su corazón se agitó aún más, retomó rápidamente su ruta. Estaba sudando frío, imágenes borrosas de sonrisas sin dueño y luces de colores aparecieron en sus adentros, y mientras el viento golpeaba con fuerza su rostro, se sintió nuevamente en medio de volutas de humo espeso y vasos de alcohol ya vacíos.
Llegó a su parada con la sensación de haber dado un paso en falso, pues estar con su amiga le daba confianza y al verse sola se sentía vulnerable. Seguía oscuro y todavía podían percibirse vestigios de la humedad y el calor de la noche anterior.
Después de unos minutos de mirar pasar los carteles luminosos de los colectivos y las luces de algunos autos se giró, sus ojos se encontraron con los de un hombre de mediana estatura que se ocultaba en medio de dos postes de luz en desuso, una farola lejana reflejaba malicia en sus ojos.
Ella intentó ignorar la sensación abrumadora de saberse sola con ese hombre, su presencia la perturbaba, escuchó el sonido oxidado de una puerta que se abría lentamente, un golpe de batería dio inicio a una sucesión de ritmos en un bajo sórdido y guitarras eléctricas que emitían notas agudas y sostenidas, acompañadas de voces lentas, el transfondo era un coro de una sola voz gutural que susurraba muerte. No le pareció un buen indicio, cambió la canción para tranquilizarse. Mientras tanto el hombre la observaba, ella guardó rápidamente su reproductor de música en un bolsillo con cremallera y se arrepintió de haberlo sacado, volvió la mirada nuevamente hacia el hombre, que se llevaba a la boca un cigarrillo, sostenido en medio de dos dedos torcidos con uñas largas y sucias. La mirada del hombre dejó de ser disimulada, observaba el bolsillo de su chaqueta. Ella sabía que la quería robar, pero tenía un mal presentimiento, pues cuando ese hombre la veía sus ojos parecían querer penetrar en el fondo de su alma, robarle la tranquilidad. Sospechaba que estaba en presencia de un demonio.
Se sentía intranquila e indignada pues ya llevaba un tiempo esperando. Pensó en tomar un taxi y caminó unos pasos adelante, sentía una mirada en su espalda, pero no era una mirada perturbadora, vio una sombra a sus pies y se giró con violencia. Ya no estaba sola, decidió quedarse.
El joven se presentó de improvisto, la mirada serena en sus ojos color ámbar, contrastaba con el castaño claro de su cabello, y ella, que venía haciendo sangrar su cabeza con alucinaciones y pensamientos perturbadores, se vio inundada por una sensación de paz profunda en medio del caos. Sentía que vibraban en diferentes frecuencias, le pareció ver un áurea clara alrededor del rostro cuando el le sonrió y sus latidos comenzaron a bajar de ritmo lentamente.
El demonio seguía observándola, la presencia del joven comenzó a serle insuficiente y su pensamiento se remitió de nuevo a los cambios bruscos de temperamento, de música, de papel de espectadora o centro de atención, de víctima a victimaria, entraba lentamente en estado de coma. Necesitaba de un médico.
Se giró con ojos suplicantes hacia el joven, sintió temor por él, pues el demonio también lo observaba. Ignoraba quién era y de dónde venía pero sentía ganas de mirarle para siempre, no tenía el mismo aspecto que cualquier otro mortal y le generaba confianza, el aire se alivianaba cuando se encontraba con su mirada.
La espera se hacía larga, inconscientemente su pierna derecha comenzó a moverse rápida y acompasadamente. Miró hacia atrás y sus ojos se encontraron con los del demonio, quien ya había terminado de fumarse el cigarrillo, esta vez ella lo observó con perspicacia, reparó en un odio que le daba a los ojos del demonio un matiz rojo, que antes no estaba en esa mirada, y que por alguna razón le hacía parecer impotente. Esta vez él no pudo sostenerle la mirada.
Se volvió con una sensación de valentía para buscar el rostro afectado en el vidrio del almacén que estaba junto a la parada, le envió al joven señales mudas de alerta.
La composición del cuadro en el reflejo era lineal, con ella a la cabeza seguida del joven y el demonio al final, este último parecía menos, encorvado, como si comenzara a fastidiarse de la presencia de los otros, el joven no se mostraba perturbado y tampoco incómodo cuando ella se giraba para vigilar.
A lo lejos apareció luminoso el número de su colectivo, sacó la mano para detenerlo y se giró. Miró a los ojos al joven, con gratitud, él también mantenía el brazo derecho estirado.
Subió y se fijó en un par de asientos vacíos junto a una ventana, tenía ganas de que él se sentara a su lado. Pero cuando estaba metiendo las monedas el colectivo se puso en marcha, nadie más había subido. Rápidamente se asomó por la ventana y vio que la vereda de la parada estaba desierta, al igual que las calles contiguas.
Minutos antes el reloj del horno microondas marcaba 02:08.
Entonces se sentó y mientras observaba por la ventana se dio cuenta de que la ciudad finalmente se había encontrado con ella, le había enviado un joven vestido de blanco.
El ángel que había despegado sus alas.
