jueves 21 de abril de 2011

LA IRONIA DE OTOÑO (Cuento)

Cuando salió de la clínica, él se fijó enseguida en su cartera. Llevaba puesto un abrigo de apariencia pesada, de color marrón, y en la mano derecha un paraguas rojo de mango de madera. Se veía cansada.

Caminó tres cuadras hasta la parada de la línea 85, eran pasadas las 2 de la tarde, y si bien la mayoría de oficinistas ya regresaban de su hora de almuerzo, una cantidad considerable de gente seguía saliendo de las puertas de los edificios; cruzaban con pasos rápidos las calles, por lo general apurados, sumándose al caos ya ocasionado por el tráfico y los vendedores.

No había fila en la parada, se recostó levemente sobre el poste que contenía el cartel con el número de la línea, se llevó una mano al bolsillo del abrigo y sacó un paquete del cigarrillos. El pensó que era una mujer atractiva, observaba alternadamente la cartera y la calle, una vez miraba hacia los lados, nuevamente hacia la cartera, después hacia atrás, y de nuevo a la cartera. La cartera no tenía bolsillos afuera, era de cuero marrón liso y tenía un broche de bronce, de estilo anticuado, era evidente que ella no había sido su primera dueña.

La mujer se llevó un cigarrillo a la boca, él observaba cómo los labios pintados de rojo carmín apretaban levemente el filtro mientras ella hacía una barrera con la mano libre para que el viento no apagara el encendedor. Fumó y expulsó una bocanada larga de humo que el viento se llevó de prisa, se llevó nuevamente el cigarrillo a la boca, las manos eran delicadas, a él le hubiera gustado que ella las deslizara sobre su piel sólo por sentir su tacto, porque parecían manos inmaculadas, el pensó también, que quizás, esas manos también curaban.

Y se fijó nuevamente en la cartera. El tiempo pasaba y pasaba también el viento, despeinándole los rizos castaños a su paso. Apagó el cigarrillo y comenzó a tiritar. La mujer miraba el reloj con impaciencia. Poco más de quince minutos después, abrió la cartera; el hombre estiró la cabeza con la ilusión de ver el contenido del bolso. Era obvio que no iba alcanzar, tenía la intención de ver algún resquicio de su contenido pero estaba muy lejos para conseguirlo, quizás fue un movimiento mas bien automático, impulsado por el inconsciente. Ella cerró de golpe el bolso, giró el broche y comenzó a caminar, ahora a paso rápido. El se apresuró a seguirla.

Pronto se perdió nuevamente en medio de la gente, el cielo comenzó a oscurecerse cubriéndose por una nube espesa de gran tamaño que amenazaba tormenta. Ella bajó con elegancia las escaleras del subterráneo. Dejando una distancia prudencial, pero sin perderla de vista, el hombre entró también. Sintió el olor del perfume que ella había dejado cuando pasó; al fondo se escuchaba el eco del compás sordo que hacían los tacos altos cuando caminaba. Compró un boleto y se paró en el andén. El calor que allí hacía contrastaba fuertemente con el frío de arriba, al principio se sentía confortable, pero bajo el abrigo llevaba un sweater que comenzó a incomodarle, a causa del calor, que de a pocos, se volvía insoportable, sin embargo no se quitó el abrigo, pues se le haría incómodo el viaje. Él seguía mirando la cartera, ya no miraba hacia atrás, el tumulto de gente que iba aumentando en el andén le hacía sentir una falsa sensación de confianza, y no se sentía vulnerable, sin embargo de cuando en cuando echaba un vistazo hacia los lados.

Cuando el tren aminoró la marcha, luchó con la gente para colarse en el mismo vagón al que se subió la mujer, pues de hecho, lo que temía era perderla de vista en ese lugar. El tren comenzó a andar y el calor se disipó lentamente, sin embargo no le gustaba allí. Después de siete estaciones, la mujer salió y por primera vez, por mera coincidencia, sus ojos se cruzaron con los del hombre al salir, el sintió una mirada, pero en realidad ella nunca se fijó en el. La cartera seguía balanceándose de lado a lado mientras ella caminaba. Al salir, ella sintió el aire frío llenarle los pulmones y respiró mejor, caminó derecho por la calle contigua a la estación. El reconoció la calle y recordó que a unos pocos metros había un pasaje que desembocaba en una peatonal concurrida, el momento había llegado. No podía dudar, a pesar de su perfume, a pesar de su belleza. No, no después de haber llegado tan lejos.

Ella encendió otro cigarrillo con dificultad, en ese momento, sin quitar la vista de la cartera, él corrió lo más rápido que pudo, a los lados, los muros de las casas se hicieron ráfagas de colores sin forma y mientras tanto él sentía cómo su nariz y sus orejas se congelaban.

Tardó unos segundos en reaccionar, no gritó enseguida, presa del pánico y de la confusión, y cuando quiso perseguirlo, él hombre ya estaba llegando al final del pasaje adoquinado y a punto de girar hacia la peatonal, en caso de llegar allá no iba a alcanzarlo, era fácil escabullirse en medio de tanta gente y ella ni siquiera estaba segura de reconocerlo.

La chaqueta era negra, pensó. No, azul oscura, se contradijo. ¿Qué más da?. Caminó dos cuadras más y sacó las llaves de su casa del bolsillo del abrigo.

Ahora la cartera reposaba junto a algunas botellas y una cáscara de banana en un tacho de basura.

Abrió la puerta y se limpió los pies en el tapete de la entrada. Antes de cerrar se rió en voz alta. ¿Qué iba hacer ese hombre con una bolsa para colostomía.

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